Fenomenal, Borjamari

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoVarias semanas después de que el exsecretario general del PP de la Comunidad Valenciana, Ricardo Costa, rubricara las declaraciones de otros bandoleros implicados en la financiación ilegal de la formación conservadora y acusara al penúltimo presidente «popular» de la Generalitat de ser la equis del caso Gürtel en su versión doméstica, Francisco Camps permanece amarrado al machito del Consejo Jurídico Consultivo. Pese a que en todos estos días al otrora jefe del Consell le siguen creciendo los enanos, continúa, erre que erre, inasequible al desaliento, aferrado a la nómina que le pagan sus conciudadanos por unos derechos adquiridos en el pasado en función del cargo que ostentó y que, sin embargo, no guardan relación alguna con los deberes que tendría que asumir en el presente aunque solo fuera por decoro.

Entró Camps en el pleno del CJC por una puerta y evacuó por otra situada a mucha distancia: la del Juzgado número 17 de Valencia que le había citado a declarar como investigado en una causa abierta por presuntas irregularidades en la construcción del Circuito de la F1. Fue una metáfora de la esquizofrenia en la que vive un personaje que ostenta la dignidad que le concede el Estatuto de Autonomía mientras acumula citas con sus señorías togadas. A su salida del tribunal, casi coincidiendo con las reprobaciones que le llueven a cántaros desde ayuntamientos gobernados por la izquierda y con los equilibrios que su partido se ve obligado a hacer, resobando abstenciones en un inverosímil ejercicio de quiero y no puedo, el sucesor de Eduardo Zaplana aseguró, se ignora si mirando al cielo con esa actitud beatífica que ya mostró cuando se sentó en el banquillo de los acusados a propósito de las dádivas textiles, que todo se había hecho «fenomenal».

Le faltó añadir Borjamari e imitar la voz nasal y pija de su otrora compadre Ric [Costa] para completar estéticamente la escena montada sobre el erial que quedó después de una gestión como la suya, continuista en las formas y en el fondo, en la que se disparaban con pólvora de rey fastuosos castillos de fuegos artificiales desde los puentes tendidos sobre los ríos de leche y miel que corrían por la geografía autonómica y que sobrevolaban bandadas de buitres ávidos de dar buena cuenta del festín. Fenomenal, como la visita del Papa Benedicto XVI o la construcción de colegios a cargo del pozo sin fondo Ciegsa. Fenomenal como el parque temático Terra Mítica o la Ciudad de la Luz. Fenomenal, como Carlos Fabra y Rafa Blasco, como «El Bigotes» y el Correa, como Enrique Ortiz y sus desinteresados proveedores de contratas públicas. Etcétera.

Fenomenal como la risotada no exenta de indignación que provoca su insolente concepto de lo que es, o debe ser, fenomenal. Y fenomenal ha de ser, también, la contención en la carcajada de los jueces que se sientan frente a los encausados por delitos de corrupción. Por eso cuando el exvicesecretario de Organización del PP aborigen, David Serra, utilizó «madalenas» y «bizcochos» como sinónimos de la pasta que circulaba entre el partido y los responsables de la Gürtel, el magistrado de la Audiencia Nacional, José María Vázquez, no tuvo más remedio que recurrir a la ironía y la retranca tras escuchar impertérrito durante horas el cúmulo de ridiculeces y despropósitos que propaló el declarante.

Una medalla específica, por los servicios prestados y las risas aguantadas o así, habría que ponerles a no pocos jueces y al personal de la Administración de Justicia. Y que llevaran un pañuelo tamaño sábana bajo la puñeta de la bocamanga para enjugar las lágrimas causadas por la hilaridad cuando no pudieran evitarlas dada la profesionalidad de los interrogados. El mocador que oculta bajo su propia puñeta el doctor en Derecho Francisco Camps está pringado de desvergüenza.

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