La otra Memoria Histórica

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDecir que la mentira no penaliza a los políticos españoles, o que lo hace a tan largo plazo que acaba perdiéndose en los vericuetos mentales del ciudadano hasta su disolución en el olvido, es una perogrullada. Mentía Felipe González con el GAL y con la OTAN y le superaba José María Aznar con las armas de destrucción masiva nunca halladas en Irak. Las trolas de José Luis Rodríguez Zapatero en torno a la recuperación económica cuando la crisis empezaba a desangrar el tejido social o, lo que es peor, su supina ignorancia y, en consecuencia, la ausencia de previsión gubernamental al respecto, amenazaban con convertirle en el peor presidente de la historia de no haber sido por la irrupción en la Moncloa de Mariano Rajoy, quien faltó a la verdad en tantas ocasiones durante sus mandatos que ya ha entrado a formar parte de la antología nacional del embuste. También de la inactividad y la indolencia, polvos generadores entre otros de los lodos independentistas.

Pedro Sánchez presentó la moción de censura contra su antecesor con la loable pretensión, dijo, de formar un Ejecutivo transitorio que se encargaría de convocar elecciones «cuanto antes». Ocho meses después es demasiado tiempo para la inmediatez proclamada: habrá adelanto, pero no en cumplimiento del sacrosanto compromiso adquirido sino por la imposibilidad de sacar los presupuestos adelante dado el enquistamiento de la cuestión catalana. En cualquier caso, este largo periodo ha permitido ver con claridad, por si no lo sabíamos, que una cosa es lo que se dice cuando se está en la oposición y otra bien distinta si lo que se ejerce es el poder. En agua de borrajas ha quedó la advertencia que lanzó urbi et orbe proscribiendo las sociedades pantalla y anunciando la inhabilitación de los cargos públicos o del partido que las hubieran creado para puentear a Hacienda.

El representante de los intereses generales, electo u orgánico, que se sienta libre del pecado de la mentira que tire la primera piedra. Eso sí, que se cuide muy mucho de que no le caiga encima en aplicación de la ley de la gravedad. Sin embargo, hemos llegado a tal grado de grosería que su exhibición en todos los ámbitos resulta ya pornográfica y grotesca. Se miente sin cortafuegos en el Parlamento y se insiste en el bulo a conciencia en tertulias supuestamente periodísticas en las que no hay opinión ni razón sino crispación y manipulación a mayor gloria del espectáculo. Lo hemos visto en la manifestación de la plaza de Colón contra el Gobierno, donde supuestos profesionales de la información mintieron en sus alocuciones a los concentrados a sabiendas de que lo estaban haciendo. Lo constatamos cada vez que habla el presidente del PP Pablo Casado, cuya relación con la verdad o, al menos, con la verdad conocida, que no revelada, es más distante cada día que pasa. Lo soportamos siempre que su homólogo de Vox Santiago Abascal atruena el ambiente con invectivas y soflamas que no resisten el más mínimo análisis ni la más leve confrontación con los datos contantes y sonantes que publican instituciones del Estado y entidades privadas. Y lo padecemos cuando la joven promesa de Ciudadanos, Albert Rivera, garante de la Constitución y tal, deviene en víctima de una ambigüedad que le ha llevado de bandazo en bandazo hasta los brazos de la extrema derecha.

Aparte de exhibir músculo flácido, la protesta dominical de Madrid sirvió para escenificar la incomodidad de unos convocantes que parecían estar en el camarote de los Marx (impagables las rígidas estampas de Casado, Rivera y Abascal juntos pero no revueltos sobre el escenario) y para actualizar hemerotecas, desempolvar anotaciones y rebobinar casetes y vídeos añejos. Escuchar al hiperactivo Casado referirse a Sánchez como traidor y felón, entre otros muchos calificativos, por intentar el diálogo con el impresentable Torra después de oír hablar en una entrevista de hace veinte años a su mentor Aznar de gestos de generosidad con la ETA que lideraba el Movimiento Vasco de Liberación [sic], o leer los pocos ascos que le hacía uno de los máximos apóstoles de la dureza contra el terrorismo, el entonces ministro del PP Jaime Mayor Oreja, a la negociación con los carniceros mientras se producían constantes acercamientos de presos, solo es superado por piececillas sueltas como la protagonizada por el entonces jefe de la oposición Mariano Rajoy en un pleno del Congreso en 2006 en el que propugnaba la celebración de un referéndum sobre el Estatut de Cataluña. «Cuando los ciudadanos piden un referéndum porque quieren opinar, la respuesta no puede ser tranquilos, no pasa nada, confíen en mí, ¿qué broma es esta?», se preguntaba antes de añadir: «Señorías, ante una demanda tan legítima, con un respaldo tan vigoroso no podemos ni imaginar que un gobierno democrático se oponga y la rechace».

Y recuérdese que en aquellos procelosos años de plomo el devorador de sueldos públicos y también sumamente solvente en la utilización de gruesos epítetos y de atribuciones superlativas, Santiago Abascal, militaba en el PP y cobraba de las instituciones.

Si el cinismo cotizara en la Bolsa estos chicos tendrían todas las acciones.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar